viernes, 23 de enero de 2009

Robo, hurto, apropiación indebida...

23.01.2009 - Javier Ventas Gómez

Llámenlo como quieran. Lo cierto es que desde los tiempos de Caín las formas de quedarse con lo ajeno han sido muchas. La diferencia con la actualidad es que cada vez son más numerosas las formas legales. Si en algo ha progresado la sociedad es en conseguir hacer lo mismo de siempre, pero de modo más disimulado, empezando por cambiarle el nombre a las cosas. Pero eso es otra historia que quizá abordaremos otro día. Vamos hoy con el robo legal. Podemos distinguir dos categorías principales. La primera es la que dimana de las propias leyes -sean estas estatales, autonómicas o locales- y la segunda es la procedente de la política empresarial. Los ejemplos son infinitos. Pondré sólo dos de cada grupo. Es posible que no sean los más significativos y estoy seguro de que a usted, lector, se le ocurrirán muchos más.
Vamos primero con la ley 1.1. La argucia de los ayuntamientos de privatizar un bien tan común y necesario como es el agua, y de ese modo subir el precio desorbitadamente, pero sin que se note, al menos, no tanto. 1.2. Hay una ley según la cual neumáticos idénticos llevan códigos distintos y precios, por supuesto, también diferentes. ¿Para qué? Muy sencillo, a consumir, se acabó la práctica de pasar los de adelante atrás cuando están semigastados. ¿Que qué enrevesado? Pregunte a un mecánico de confianza. 2.1. En el área empresarial nos encontramos, por ejemplo, con los números novecientos de telefonía, los cuales presuponen un «reparto de beneficios» y una complicidad. Hay muchas empresas que ya no facilitan un número de teléfono fijo, sino un novecientos y pico; la gama es amplia, porque si usted tiene tarifa plana con su compañía de teléfono, no paga la llamada; en cambio, así, la compañía de teléfono y la otra empresa a la que usted llama se reparten el coste de la llamada. 2.2. El trabajo «por objetivos» participa también de este sistema. Así, las empresas consiguen que sus empleados, medio obligados, medio incentivados, busquen sacar del cliente lo más posible. Hace unos años, cuando llevabas el coche al taller, podías decirle al mecánico: «Échale un vistazo y, si necesita algo, cámbiaselo». Ahora, si haces eso y el empleado trabaja «por objetivos», lo que supone participación en beneficios, lo más probable es que cuando recojas el coche te hayan cambiado hasta el logotipo.
Si tuviéramos un Gobierno que se ocupara de los problemas de los ciudadanos y no de perpetuarse en el poder, no estaría de más que le pidiéramos que dejara los discursos demagógicos y que, empezando por los propios gobernantes, nos amparara de la picaresca.

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